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Por qué calculamos fatal los números grandes

Nuestro sentido del número es logarítmico, nos dejamos arrastrar por el primer número que oímos y nos fiamos demasiado de nosotros mismos.

Si te piden que coloques el número 150 en una línea que va de 0 a 1.000, lo pondrás más o menos donde toca. Un niño de siete años, no: lo pone mucho más a la derecha de lo que toca. No es que no sepa contar. Es que su intuición del número funciona como la de todos los humanos antes de ir al colegio, y esa intuición no es lineal.

Pensamos en veces, no en unidades

Los psicólogos Robert Siegler y John Opfer lo midieron con esa misma línea: los niños pequeños estiran los números pequeños y aprietan los grandes, como en una escala logarítmica. Entre 1 y 10 hay mucho sitio; entre 900 y 1.000, casi ninguno. El neurocientífico Stanislas Dehaene encontró lo mismo en adultos mundurukú, un pueblo de la Amazonia sin palabras para los números grandes: ordenaban las cantidades por proporciones, no por diferencias.

Es la vieja ley de Weber: notamos la diferencia entre 1 y 2 kilos, pero no entre 50 y 51, aunque en los dos casos sea un kilo. Lo que percibimos es la proporción. La escuela nos enseña a pensar en una regla lineal, pero debajo sigue la otra, y sale en cuanto los números se nos escapan de las manos.

Mil millones, un billón y un trillón

A partir del millón, el idioma tampoco ayuda. Un millón, mil millones y un billón suenan a «muchísimo» y poco más, aunque cada uno sea mil veces el anterior. Y encima el inglés lo complica: su billion son nuestros mil millones, y su trillion es nuestro billón. Muchas noticias traducidas del inglés multiplican una cifra por mil sin que nadie se dé cuenta.

Un truco para no perderse: cuenta los ceros de tres en tres. Mil (3), millón (6), mil millones (9), billón (12). Cada salto de tres ceros es el mismo salto de mil veces, aunque el nombre no lo deje ver.

El primer número que oyes te arrastra

En 1974, Amos Tversky y Daniel Kahneman hicieron girar delante de la gente una rueda de la fortuna trucada, que sólo podía caer en 10 o en 65. Luego le preguntaban un porcentaje sobre países africanos. Quienes habían visto el 65 daban respuestas mucho más altas que quienes habían visto el 10, aunque sabían perfectamente que la rueda no tenía nada que ver con la pregunta.

Se llama anclaje, y es una de las trampas más estudiadas de la psicología. Cualquier número que tengas en la cabeza al empezar a estimar te sirve de punto de partida, y luego te mueves poco desde ahí. Por eso conviene razonar la respuesta desde cero, a partir de cosas que conoces, en vez de corregir el primer número que se te ocurra.

Y nos fiamos demasiado

Marc Alpert y Howard Raiffa pidieron a estudiantes de Harvard que dieran, para preguntas de cantidades, un margen en el que estuvieran casi seguros (un 98 %) de que caía la respuesta. Si los márgenes hubieran sido honrados, la respuesta se habría salido sólo un 2 % de las veces. Se salía en torno al 40 %. Los márgenes eran demasiado estrechos: creemos saber más de lo que sabemos.

La lección práctica es sencilla: cuando estimes, abre más el abanico de lo que crees y luego busca el centro en veces, como contamos en cómo estimar cualquier número.

Por qué Ojímetro puntúa así

La regla de Ojímetro es logarítmica justo por todo esto: es como piensa la cabeza. Fallar por el doble cuesta lo mismo si la respuesta es 10 que si es 10 millones, y eso permite preguntar por el peso de una hormiga y el de un barco en el mismo juego. Lo difícil no es saberse la cifra: es no dejarse arrastrar y no irse por diez.

¿Lo pruebas?

Cuatro preguntas cada día, un minuto. Nadie sabe el número; gana quien más se acerca.

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